Los recientes seísmos en México, de una intensidad nunca vista en los últimos cien años, han cubierto el país de cicatrices que tardarán en desaparecer. Algunas de ellas, como la destrucción causada, resultan evidentes a simple vista; otras no lo son tanto. La solidaridad de sus gentes, el apoyo mutuo entre la ciudadanía, ha contribuido a paliar en parte las consecuencias del desastre cuando la acción de las autoridades se vio superada por las circunstancias. ¿Tuvo que ser así? ¿Debería ser así?