Cruz decide cederle su dormitorio a su hermana Eugenia, ya que es el cuarto más amplio y cómodo de la casa. Ella se traslada a la habitación de su marido el marqués y pide a las criadas que vigilen su alimentación y que hagan turnos para que nunca esté sola. Y es que el estado de Eugenia es mucho peor del esperado. No conoce a nadie y empieza a carcajearse sin motivo. Está completamente enajenada. Jana está preocupada, pues en ese estado, doña Eugenia nunca podrá contarle nada del pasado relativo a su madre y a su hermano. Propone a María Fernández reducir la dosis de medicación que está tomando para que así tenga más conciencia y no se pasa el día, aletargada. Por su parte, el padre Camilo está encantado con las friegas en el cuello que le dio Petra y le pide a la criada que las repita cuando pueda. Así lo hace Petra a la que cada vez le cuesta más trabajo no turbarse cuando el sacerdote se queda con el torso al descubierto delante de ella.